Vacunas

Ya me han vacunado frente a la COVID-19: ¿Y ahora qué?

Ya me han vacunado frente a la COVID-19: ¿Y ahora qué?

La inmunidad generada por las vacunas es altísima, más que la obtenida tras pasar la enfermedad, por lo tanto, es muy improbable enfermar de COVID-19

17 de marzo de 2021

Pues, lo primero, reciba mi enhorabuena y sea receptor de mi más sana envidia. En segundo lugar, tendrá que asumir que nada habrá cambiado hasta que pase el tiempo-promedio necesario para que el mecanismo de inmunización inducido por la vacuna alcance su máximo de eficiencia, que dependerá del tipo de vacuna recibida.

¡Y, ya está! Es usted un elegido, un ungido, un tocado por la gracia. Está inmunizado.

Lo malo es que la mayoría de los inmunizados no tienen ni idea de en qué consiste exactamente su nuevo «estado». Sobre todo si no son ni científicos, ni médicos, ni sanitarios. Porque, como en otras tantas otras etapas de esta horrible pandemia que estamos viviendo, la información no se difunde como debería a la población de a pie (tema que no comentaré aquí por faltarme la corrección política necesaria para dejar alguna cabeza sin cortar).

Es necesario, pues, tener a mano un listado de cosas que uno tiene que saber. De esta forma los vacunados tendrán claro qué tienen qué hacer (o qué no deben hacer) tanto para asegurar su propia seguridad como para garantizar la de los demás.

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Siete cosas que un vacunado de COVID-19 debe saber

  1. Usted está inmunizado por lo que, en principio y en teoría, tiene pocas probabilidades de desarrollar la enfermedad. Pero, ¡ojo!,  que puede contagiarse si contacta con el virus. Dicho de otra forma, la vacuna le protege (estadísticamente) para no enfermar de COVID-19 pero no evita que el SARS-CoV-2 entre en su cuerpo. Por eso es muy importante recalcar que, aunque las vacunas tiene un altísimo porcentaje de efectividad y eficacia, siempre quedará una duda: ¿y si tengo la mala suerte de estar en la zona estadística residual de la ineficacia? Además, el rendimiento de una vacuna en el mundo real no tiene por qué coincidir exactamente con la eficacia demostrada en el ensayo clínico, por lo que ese problemático piquillo estadístico puede ser más amplio de lo esperado.
  2. Aunque su inmunización será, con alta probabilidad, efectiva (eliminamos así el factor gafe), sí que puede verse reducida. Me explico. Las vacunas actuales usan como referencia antigénica la proteína S del SARS-CoV-2 que primero se secuenció, esto es, la de la corona de la cepa china original generada en Wuhan. Por eso, si se producen mutaciones que afecten a dicha proteína, puede alterarse el efecto neutralizador de los anticuerpos, ya que estos fijan al virus por la corona. De hecho, esto es lo que ha pasado con la cepa sudafricana (B.1.351), aunque no con la británica (B.1.1.7) ni con la brasileña (P1). En otras palabras, las vacunas se irán quedando obsoletas ante la inevitable evolución coronavírica. Ésta es la razón por la que algunas vacunas contra determinados virus (como el de la gripe) hay que ponérselas todos los años.
  3. Las farmacéuticas, consecuentemente, irán incorporando las secuencias mutantes en los sucesivos procesos de fabricación de vacunas. Pero como la evolución sigue su curso sin detenerse, irán surgiendo nuevas cepas que coexistirán con las anteriores. El problema, por tanto, es que a priori no se puede saber con qué cepa de virus, en concreto, se va a contactar. Puede que usted se contagie con una cepa nueva para la cual su vacuna sea vieja.
  4. Como no se están secuenciando todos los casos de COVID-19, no se sabe si las reinfecciones se deben a cepas diferentes a las causantes de la primera enfermedad (contra la que se supone que hemos adquirido inmunidad al superarla), o si, por el contrario, se trata de la misma y hemos perdido la inmunidad con el paso del tiempo (lo que sería mucho peor). Por lo tanto, tampoco está muy clara la información con respecto a las reinfecciones.
  5. Usted está inmunizado, pero no esterilizado. Esto quiere decir que usted puede ser una fuente de contagio para las personas que no están vacunadas, lo que incluye sus pertenencias, sus ropas y todo aquello que caiga bajo su radio de acción.
  6. Usted está inmunizado, pero no sabemos si es portador del virus. Tenga en cuenta que puede estar infectado de nuevo por el SARS-CoV-2 y ser completamente asintomático. Por eso, aunque su carga viral será reducida (algunos estudios avanzan que mínima), usted puede seguir siendo peligroso para un no vacunado.
  7. No sabemos aún por cuánto tiempo será efectiva la inmunización generada por las vacunas. Recuerde que todas las investigaciones están generándose a tiempo real y todo el planeta está actuando como un macrolaboratorio donde los cobayas somos los humanos.
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Entonces, ¿dónde están las ventajas de la vacuna?

  1. La inmunidad generada por las vacunas es altísima, mucho más que la obtenida tras pasar la enfermedad. Es, por lo tanto, muy improbable enfermar de COVID-19 estando vacunado.
  2. A pesar de ello, si se contagia y desarrolla la enfermedad, las consecuencias serán muchísimo más leves porque su carga viral será mucho menor. Las primeras evidencias de los efectos protectores de las vacunas se obtuvieron en macacos (Macaca mulatta) vacunados y enfrentados de nuevo al virus. Éstas son extrapolables a nuestra especie, donde los últimos estudios avanzan que la vacunación es muy eficaz contra la infección por SARS-CoV-2 (incluyendo tanto las infecciones sintomáticas como las asintomáticas).En el caso de tener la mala suerte de ser diagnosticado con COVID-19 una vez vacunado, sepa que la tasa de hospitalización es un 60% menor en los vacunados que en los no vacunados.
  3. El hecho de estar vacunado hace que la posible infección por nuevas cepas traiga como consecuencia unos síntomas mucho más reducidos de la enfermedad. Es decir, aunque con vacuna vieja, es mucho mejor estar vacunado que no estarlo.
  4. La vacunación masiva tiene un efecto beneficioso fundamental: al romperse la cadena de transmisión, se dificulta la propagación del SARS-CoV-2. Éste es el punto clave para terminar con la pandemia y empezar a relajar las molestas medidas de seguridad, como el uso de mascarillas, el mantenimiento de la distancia de seguridad o la restricción de movilidad.

Conclusiones

A nivel planetario, cuando la vacunación sea masiva el virus tendrá muy difícil replicarse y la pandemia estará controlada. Eso significa que podremos viajar y recuperar nuestro dinamismo social.

A nivel personal, estando vacunado será muy improbable que usted enferme de COVID-19. Y, si acaso enferma, será muy difícil que lo haga gravemente. Pero, recuerde, hasta que la vacunación no sea masiva su imprudencia puede llevar a la muerte a los que no tienen la suerte de estar vacunados aún.

Como dice mi adorado Sabina, La muerte es sólo la suerte con una letra cambiada.


Trabajo

Trabajo distribuido, en qué consiste y por qué puede ser el futuro de tu vida laboral

Trabajo distribuido

Durante los últimos meses habrás oído hablar largo y tendido sobre el debate teletrabajo versus presencialidad, pero existe un tercer modelo en discordia que todavía no es tan conocido (pese a integrar lo mejor de cada uno de los dos extremos): el trabajo distribuido. Su definición es sencilla, ya que se fundamenta en el principio de que el lugar donde se encuentra el trabajador no es en ningún caso factor determinante para su participación y desempeño de labores en la compañía. El concepto abre la puerta (de manera casi literal) a un gran mundo de posibilidades, ya que el talento se deslocaliza y se desarrolla de manera colaborativa gracias a la interacción de profesionales de diversas partes del globo.

Uno de los casos más representativos de trabajo distribuido se lleva a cabo en Automattic, la compañía creadora de WordPress. En 2014 cerró su sede en San Francisco para que sus más de 1.200 empleados trabajaran desde casa, desarrollando un modelo de negocio de éxito que su CEO, Matt Mullenweg, ha desmembrado en 5 niveles, inspirándose en las cinco marchas de la conducción automovilística. En el nivel cero se encuentran aquellos profesionales que no pueden realizar su actividad desde casa (como un sanitario o un camarero) y, en el quinto, los trabajadores de empresas que han alcanzado tal nivel de autonomía que ni siquiera necesitan una sede física. Entre los dos extremos se plantea un gran ecosistema empresarial, que es el que se encuentra en plena floración ahora mismo.

«Sin la charla en la máquina de café, las empresas tendrán que repensar sus patrones de comunicación y sus procesos de toma de decisiones»

“Los beneficios de una fuerza laboral distribuida incluyen una huella inmobiliaria más pequeña y el acceso a un grupo de talento global. Se pueden evitar los desplazamientos diarios y se puede establecer una rutina de trabajo individual con mayor libertad”, cuenta Nora Fehlbaum, CEO de Vitra, la compañía suiza de diseño que desde hace meses debate sobre la cuestión en sus Vitra Sessions. “Dicho esto, desde luego que extrañamos la comunicación informal en el lugar de trabajo, que eleva el ánimo, crea una conexión más profunda con la misión de la empresa y puede llevar a una resolución de problemas espontánea”, añade. “Sin la charla en la máquina de café, las empresas tendrán que repensar sus patrones de comunicación y sus procesos de toma de decisiones. Ante la elección entre trabajo en remoto y re-ubicado, muchas empresas buscan implementar un modelo híbrido, el más desafiante de los tres”.

¿VOLVEREMOS A NECESITAR UNA OFICINA? TWITTER NO, NETFLIX SÍ

Este nuevo mundo laboral híbrido plantea una serie importante de desafíos para las compañías. ¿Necesito una oficina como la de antes? ¿Qué actividades requieren que vaya a ella y cuáles no? ¿Puedo contratar a nómadas digitales? Las respuestas a estos interrogantes se van resolviendo de manera diversa en diferentes empresas que todos conocemos.

La red social Twitter anunció que permitiría a los empleados seguir trabajando desde casa de forma indefinida, si así lo deseaban y su función y situación les permitía trabajar de forma remota. La empresa se ha estado preparando para adoptar el trabajo distribuido desde hace años y, en su caso en particular, la pandemia solo ha acelerado este proceso.

En el lado contrario se sitúa Netflix. Su director ejecutivo, Reed Hastings, declaró en una entrevista al Washington Post que «no veía nada positivo» en trabajar desde casa y que para él era un gran inconveniente que sus empleados no pudieran reunirse en persona para debatir ideas. El resultado es que la gran mayoría de los más de 8.600 empleados que trabajan en la plataforma de entretenimiento tendrán que regresar a la oficina.

«Hoy en día nadie vuelve a la oficina para un escritorio. Lo que nos falta ahora es la interacción social»

La experiencia ha demostrado que el trabajo distribuido contribuye a una mayor productividad. El experimento forzoso de teletrabajo al que la pandemia nos obligó en 2020 permitió a empleadores y empleados ver que el trabajo en remoto funcionaba bien a corto plazo. Sin embargo, todavía hay pocas evidencias sobre sus implicaciones en el largo.

“Es fácil dejarse atrapar por las ventajas obvias de trabajar desde casa: no hay desplazamientos por la mañana, lo que se traduce en menos emisiones en la atmósfera, y más tiempo en casa con los seres queridos”, cuentan desde Vitra. “Otros beneficios incluyen el hecho de que no hay conversaciones no deseadas en los pasillos con algún compañero incómodo, ningún jefe vigilando constantemente por encima del hombro y la flexibilidad para gestionar el equilibrio entre la vida y el trabajo. Sin embargo, un estudio realizado por la aplicación Buffer sobre más de 3500 trabajadores remotos en 2020 reveló que el 20% de los encuestados consideraba la soledad como su mayor lucha diaria, seguida por un 18% de encuestados que lamentaban el hecho de no poder desconectar nunca».

Por todo ello son muchas las voces que proclaman que la oficina física no está muerta, solo en proceso de transformación. “Durante la pandemia confiamos en que nuestros trabajadores de producción estuvieran presentes en nuestras fábricas”, añade Nora Fehlbaum, CEO de Vitra. “A medida que disminuían las restricciones era importante reconocer los esfuerzos de todos nuestros empleados y no establecer un sistema de dos clases”, desarrolla sobre las brechas que se pueden ocasionar entre diferentes departamentos. El resultado de esta filosofía es un sistema híbrido, que describen como una «combinación fluida de colaboración en la oficina y trabajo profundo en casa o en un tercer lugar adecuado», abriendo así la posibilidad de la distribución.

En este sentido David Allemann, cofundador de la marca deportiva On y participante en la charla con Vitra, apunta que «hoy en día nadie vuelve a la oficina para un escritorio. Lo que nos falta ahora es la interacción social. Es estar en un espacio para resolver problemas juntos. Por eso tiene que ser un espacio emocionante al que regresar para encontrar a tu comunidad».

Un enfoque que se enfrenta a las realidades del trabajo contemporáneo en el que la flexibilidad es primordial. “Más tareas colaborativas pueden atraer naturalmente a un trabajador a la oficina, mientras que el trabajo individual y concentrado puede realizarse mejor desde casa. En Vitra esto significa que no se reservará ningún espacio de trabajo concreto para un empleado que solo esté presente una parte de la semana, al igual que el teletrabajo ya no se considera un privilegio, sino un modo de trabajo normal**”.

Cafeína

¿Mejora la cafeína nuestro rendimiento?

La cafeína es la sustancia con efecto estimulante más consumida en todo el mundo. Esta se halla integrada en la dieta. Los preparados más utilizados son el café y el té, aunque también existe un consumo relevante de yerba mate, refrescos de cola y bebidas energéticas.

El efecto estimulante de la cafeína, debido a sus acciones en el sistema nervioso central, es de poca potencia. De hecho, ni la Organización Mundial de la Salud (OMS) ni los manuales diagnósticos la consideran una droga que derive en trastornos por dependencia. Sin embargo, el consumo puntual en gran cantidad puede producir una intoxicación. De la misma forma, la retirada brusca en consumidores habituales podría provocar un síndrome de abstinencia de poca duración e intensidad.

¿Cuál es la cantidad adecuada?

Para aprovechar los beneficios sin obtener riesgos, la mayoría de guías y recomendaciones de consenso establecen que dosis bajas y moderadas de cafeína pueden ayudarnos a mejorar los niveles de activación, tanto cognitiva como física, sin consecuencias negativas.

Se consideran dosis bajas las inferiores a 200 mg. y moderadas entre 200 y 400 mg. para un adulto sano. Por tanto, consumir hasta un máximo de 400 mg. al día se ha establecido como “consumo responsable”. Esta cantidad sería la equivalente a cuatro cafés. No obstante, el contenido de cafeína de un café varía según el método. Por ejemplo, un expresso contiene aproximadamente 80 mg. mientras que el pergolado/filtrado puede tener unos 100 mg.

Incluso en poblaciones especiales como las embarazadas, las guías simplemente recomiendan ajustar el consumo a un máximo diario de 300 mg. La revisión reciente de Reyes & Cornelis concluye que la investigación existente no deja duda de los beneficios a dosis responsables y que ello debe trasladarse a las guías de consenso.

Efectos cognitivos probados del consumo de cafeína

La acción estimulante en el sistema nervioso mejora la sensación de bienestar y el rendimiento cognitivo, con efectos que pueden observarse al poco tiempo del consumo (entre 15 y 45 minutos). Estos permanecerán de tres a seis horas.

Ello es más patente en personas que se hallan en condiciones deficitarias por fatiga. Por ejemplo, aquellas que deben estudiar para un examen o las que tienen un turno de trabajo nocturno. Sin embargo, la estimulación no es suficientemente potente como para conseguir efectos terapéuticos en circunstancias patológicas como las demencias o el déficit de atención.

Entre las tareas con mayor beneficio se hallan aquellas que requieren mantener la atención y concentración durante un tiempo prolongado o las que deben resolverse de forma rápida. Es decir, la cafeína mejora la atención visual y disminuye el tiempo de reacción a dosis bajas y moderadas, tanto en consumidores habituales como no habituales.

Resultados prometedores pero no milagrosos

Cuando se requieren habilidades cognitivas más complejas, como mejorar la memoria o funciones ejecutivas, los resultados no son tan evidentes. No obstante, cabe precisar dos aspectos esenciales.

El primero es la modalidad del material que queremos recordar. Las dosis bajas de cafeína se relacionan con una resolución más rápida si el material a recordar es de tipo numérico.

El segundo se basa en el tipo de medición que hagamos para evaluar el efecto. Es decir, es posible que el tiempo de respuesta o la precisión no cambien de forma significativa pero que sí lo haga la actividad cerebral durante la realización de la tarea.

El equipo de Koppelstaetter fue pionero, hace ya una década, en observar mediante neuroimagen funcional que la actividad de regiones cerebrales implicadas en la memoria indicaban un menor esfuerzo mental tras el consumo de cafeína, aunque el rendimiento fuera igualmente exitoso. Ello se ha confirmado también en la actividad cerebral de las regiones responsables de las funciones ejecutivas para resolver una tarea de flexibilidad cognitiva (test Stroop). Además, las dosis bajas son las más efectivas.

Beneficios físicos del consumo moderado de cafeína

También hay estudios que han observado una mejor ejecución en tareas que requieren habilidades psicomotoras. Todo ello se ha trasladado a la condición aplicada de conducción de vehículos. Por ejemplo, tras el consumo de cafeína, se ha observado que la conducción de un vehículo se realiza de forma más estable, precisa y segura, con beneficios mayores respecto a realizar una pequeña siesta.

Al efecto psicomotor debe sumarse la propiedad, bien conocida, de la cafeína de aumentar la potencia muscular. De hecho, esta sustancia se ha estudiado mucho para utilizarla como suplemento en el deporte. Los datos no son concluyentes en la actualidad y se aconseja una estrategia nutricional personalizada en la que se tengan en cuenta múltiples factores.

Factores claves para beneficiarse de la cafeína

No podemos finalizar esta revisión de la cafeína sin algunas precisiones necesarias. Por un lado, la hora del consumo determina el balance entre beneficios y efectos adversos. Así, se aconseja consumir cafeína durante la primera mitad del día y evitar su ingesta más allá de media tarde. El objetivo es no perjudicar ni la duración ni la calidad del sueño. Esta recomendación es aún más importante en personas mayores de 50 años porque con la edad disminuye el ritmo de metabolización del organismo y se prolonga la duración de los efectos.

Por otro lado, la dosis responsable de consumo de cafeína no se aplica a personas que sufren alteraciones cardiovasculares graves, problemas gastrointestinales o insuficiencia hepática y renal. Además, la cafeína también está contraindicada con diagnósticos de epilepsia y de trastornos de ansiedad o del sueño (insomnio) porque su efecto estimulante puede agravar la sintomatología. Todos estos son factores importantes que se deben tener en cuenta a la hora de consumir café con la intención de obtener los beneficios abordados en este artículo.

Vegano

«Vegano»: el nuevo reclamo para vender productos insanos

La industria alimentaria -o una parte de ella- tiene la misión de vender sus productos más allá de nuestras necesidades reales, que pueden cubrirse perfectamente con alimentos frescos y poco procesados. Nos referimos tanto a las necesidades fisiológicas -requerimientos de energía y nutrientes- como socioculturales (comestibles duraderos, fáciles de preparar para ahorrarnos tiempo y que nos aporten placer).

Para conseguirlo tiene dos opciones: crear necesidades que no existen, o captar prematuramente las tendencias del mercado para abastecernos de productos novedosos justo en el momento en que estamos dispuestos a comprarlos. La identificación instintiva de una dieta basada en productos vegetales con una forma sana de alimentarse nos lleva a la creencia de que, si un alimento es vegetariano o vegano, es automáticamente saludable.

Es erróneo -puedes seguir una dieta vegana a base de patatas fritas, refrescos y galletas-, pero parece una verdad irrefutable. En un entorno en el que los consumidores estamos realmente preocupados por el efecto de la dieta sobre nuestra salud, los productos aparentemente saludables parten con una ventaja competitiva. La industria lo sabe, y no va a desaprovecharlo: estaría siendo negligente con sus propios objetivos de venta.

El reclamo vegetariano en los productos de siempre

Que tu producto encaje a la perfección con una nueva demanda del mercado sin tener que modificarlo en nada es el sueño de cualquier profesional del marketing. Esa es la oportunidad que han encontrado, sin mover un solo dedo, empresas que fabrican ultraprocesados: el reclamo ‘vegetariano’ se exhibe sin cortapisas en muchos productos de perfil nutricional malo. Son básicamente iguales que sus competidores, elaborados con materias primas de mala calidad, pero a ti te parecen distintos y destacan sobre sus homólogos.

En algunos casos, ni siquiera ha hecho falta cambiar su fórmula, porque ya eran perfectamente aptos para vegetarianos o para veganos hace años, cuando no llevaban ‘VEGANO’ escrito en enormes letras en el frontal. El retorno de inversión no es infinito -se ha tenido que cambiar el diseño de la etiqueta para colocar el gancho vegetariano donde se vea bien-, pero casi.

Si la margarina nació como la alternativa vegetal a la mantequilla, es probable que la mayoría de las versiones que encuentras en el mercado se consideren veganas, pero ahora lo destacan, aunque sus grasas vegetales no sean las mejor valoradas (de maíz, palma, girasol, todas ellas refinadas). Las chucherías tampoco se han matado para desarrollar un producto que vaya a ganar el premio a la innovación del año: muchas de ellas eran veganas cuando yo estudiaba la EGB -sí, estoy a un tris de ser grupo de riesgo-, y lo siguen siendo ahora. ¿La excepción? Las que contenían gelatina de origen animal (y no, las versiones veganas tampoco aquí son necesariamente más saludables). Los bizcochitos de cereales no tienen ni han tenido nunca ingredientes animales, pero su 40 % de azúcar no los hace precisamente saludables: ninguno de estos ejemplos lo es, a pesar de ser “aptos para vegetarianos”.

Otros productos sí que han variado ligeramente su receta para ofrecer una versión veggie de lo de siempre. ¿Es una buena idea para que los vegetarianos tengan acceso a más variedad de productos? No. Es una oportunidad para captar un segmento del mercado, ya sean vegetarianos que quieren comer alguna guarrindongada, omnívoros preocupados por la salud a los que han hecho pensar que es una opción mejor o personas que están en la transición a una dieta vegetariana y no tienen muy claro qué comer. Pero a los vegetarianos no les supone una ventaja: ampliar las malas opciones no sé yo si es dar más libertad para elegir. Sirvan como ejemplo de productos 100 % vegetales y 100 % desaconsejables sin necesidad de reformular las patatas fritas, refrescos, galletas o bollería. Si te gustan las chocolatinas, estás de enhorabuena: en breve vas a tener un Kit-Kat vegan; aunque si el producto original era insano, este también lo será.

Alimentos diseñados específicamente para imitar a los productos animales

La joya de la corona son los alimentos vegetales sustitutivos. Las bebidas vegetales llevan bastantes años entre nosotros y actualmente ocupan casi el mismo espacio en el lineal que la leche, pero las alternativas a los cárnicos están cogiendo velocidad: según Mintel, en todo el mundo se han lanzado desde 2015 más de 4400 referencias de alternativas a la carne.

La Comisión Europea indicó en 2018 en el Informe sobre el desarrollo de proteínas vegetales en la UE que “resulta especialmente prometedor el mercado de las alternativas a la carne y los productos lácteos, con unos índices de crecimiento anual del 14 % y del 11 %, respectivamente. Este segmento ya no constituye un nicho de mercado (…). Alrededor del 90 % de las alternativas a la carne son consumidas por los flexivegetarianos”.

La calidad nutricional de estos productos es muy variable y no se puede simplificar limitando su valoración a su origen vegetal. No lo hacemos con los productos animales: un pulpo a la gallega y unos palitos de surimi proceden del mar, igual que un Ferrari y un Twingo son coches. Ahí acaban las similitudes y no se nos ocurre pensar que son lo mismo.

También hay bebidas vegetales de alta calidad y otras que son un aguachirri azucarado: las más recomendables son las de soja sin azúcares añadidos. Tiene alto contenido en proteínas de buena calidad y las mejores opciones tienen un buen porcentaje de soja -hasta un 15 %- y están enriquecidas con calcio y vitamina D. Las de almendra, espelta, avena, arroz, nuez y similares aportan pocos nutrientes, y se parecen más a un refresco que al vegetal que les da el nombre.

Los sustitutos cárnicos son más homogéneos nutricionalmente; en general, para mal. Suelen elaborarse con una proteína vegetal de calidad y proporción muy variable, desde soja o guisantes a trigo. El resto -que puede ser hasta el 75 % del producto- lo forman almidones de distintas fuentes, harinas, grasas vegetales refinadas y un compendio de aditivos para darle la consistencia y el sabor que esperas. Y sal, mucha sal. Lo que puede llevar a paradojas como la recogida en Consumption of Ultra-Processed Foods by Pesco-Vegetarians, Vegetarians, and Vegans: Associations with Duration and Age at Diet Initiation, que encuentra que los vegetarianos consumen más ultraprocesados que los omnívoros, especialmente a partir de productos sustitutivos de la carne y los lácteos, lo que reduce la calidad nutricional de la dieta.

No les voy a negar cierta utilidad: como dicen en este estudio publicado en Nutrients, pueden ser una forma de facilitar la transición a una dieta basada en plantas y mejorar la accesibilidad a alimentos vegetales en nuestra vida social, aumentando la oferta cuando comemos fuera de casa. Pero, apelando a la lógica, muchas personas vegetarianas le encuentran poco sentido a consumir imitaciones de los mismos productos de origen animal que rechazan. Además, son mucho menos sostenibles que las materias primas vegetales y absolutamente prescindibles.

Vegetariano y vegano: términos sin legislar

En la Unión Europea no hay una definición legal para los términos ‘vegetariano’ y ‘vegano’. Ya en 2011, la norma que regula qué información alimentaria tiene que estar disponible para los consumidores preveía que era necesario establecer alguna fórmula legal para informar sobre si un alimento es apto para que lo consuman las personas que rechazan los productos de origen animal.

Pero 10 años después estas menciones siguen sin estar reguladas y la European Vegetarian Union (EVU) y la Food Drink Europe, que representa a la industria alimentaria europea, han hecho una declaración conjunta solicitando la regulación. El detallito de establecer legalmente qué es vegano o vegetariano parece -y solo parece- banal. Es verdad que nadie va al súper con el boletín oficial de la UE bajo el brazo, y distinguir si un alimento contiene materias primas de origen animal no tiene pinta de ser muy complicado.

Pero la realidad no es tan simple: hay ingredientes que pueden proceder de animales, sin que la etiqueta nos ofrezca ninguna información; como ocurre con la vitamina D de lanolina de oveja o de pescado. O se pueden haber usado materias animales durante la elaboración, como claras de huevo o gelatina procedente de huesos y tendones, para mejorar la estabilidad de vinos o cervezas. Su empleo en cualquier parte del proceso lo descarta como alimento vegano o vegetariano, aunque el ingrediente no esté presente en el producto final.

Tener unas reglas del juego claras -una definición legal- establece criterios comunes para todos, facilita las elecciones alimentarias, evita que se usen estos términos como reclamos vacíos y ofrece garantías reales a los consumidores de que el producto que compra es lo que espera. Por el momento, en el pasillo del súper nos encontramos con dos escenarios en el etiquetado vegetariano. El primero de ellos es el uso del V-label. Este símbolo es un sello de calidad privado otorgado por la EVU, que identifica los alimentos como vegetarianos o veganos si cumplen con determinados requisitos públicos establecidos por la entidad dueña del sello. Las empresas tienen que pagar una licencia para poder usarlo y la EVU controla que cumplan las condiciones (y el sello no se otorga en principio a los productos evidentemente aptos, como hortalizas, frutas crudas, tés o agua embotellada).

El otro escenario haría las delicias del extremocentro liberal porque -ante la ausencia de regulación-, cada empresa pone su declaración ‘vegetariana’ en base a su propia interpretación de los términos (que puede ser la tuya, o no). Puedes encontrarte declaraciones como ‘adecuado para vegetarianos’, ‘vegetariano’, ‘vegano’, ‘veggie’, o todo tipo de sellos con apariencia muy oficial cuyos únicos significados son: primero, el que la empresa considere; y segundo, el que tú quieras darle (y no tienen por qué coincidir).

Publicidad de sustitutos vegetales: de ridiculizar a subirse al carro

Aunque sigue siendo una opción minoritaria, el apoyo incontestable de muchas entidades de referencia y organismos internacionales a la dieta basada en plantas -con importantes documentos apostando por ella, como el de la Comisión EAT– Lancet o el del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU-, han cambiado completamente no solo la percepción de los consumidores sino también la postura de la industria (es un buen momento para recordar que una dieta vegetariana es perfectamente adecuada en cualquier etapa vital -excepto en lactantes, obviamente-, siempre que se suplemente con vitamina B12).

El triple salto mortal nos lo ofrece Campofrío, una conocida marca de derivados cárnicos que ha dado la vuelta a su mensaje publicitario como si fuera un calcetín. Es posible que recuerdes un anuncio de finales de la década de 2000, en el que el adolescente de una familia vegetariana se rebelaba contra la tristeza infinita de su dieta, harto de apio y lechuga, aunque sus padres le ofrecían guisantes, hamburguesa de tofu y escalope de soja como alternativa.

El anuncio ridiculizaba la dieta vegetariana a partir de un compendio de estereotipos que entonces ya rechinaban y hoy huelen a naftalina (si le echas un vistazo, no te olvides de abrir las ventanas para ventilar): una familia de hippies que viven en la autarquía, se mueven en una furgoneta de los 70 y tienen una hija que se llama Amapola. Para rematar, el lema era “si las pruebas, te conviertes”, como si una opción dietética fuese una religión.

Hoy están a un paso de referirse a su anuncio de 2009 como “esa promoción de la que usted me habla”. Algo se veía venir, dado que desde hace unos años tienen una creciente línea de productos vegetarianos que imitan su propia oferta de cárnicos. Pero su última campaña no deja lugar a dudas: los conversos hoy son ellos. Más clichés: un motero de pelo largo y chupa de cuero muestra sensibilidad e interés por temas que no son los que se presupone que le deberían llamar la atención -deporte, otro tipo de ropa o de música-, pero se priva de ellos porque no es lo que corresponde a su tribu. Por eso se pierde placeres como los productos vegetarianos de esta marca, porque los tíos duros comen carne: la relación entre ingesta de carne y masculinidad mal entendida da para una tesis doctoral, y ya hay investigaciones al respecto.

La campaña se centra en la idea de que las elecciones no tienen por qué ser dicotómicas, hay toda una gama de grises; mientras perpetúa ideas excluyentes, explotando los tópicos que pretende rechazar. Qué sí, que es una forma de hacer humor, de reírse de los tópicos utilizándolos. Es más, rompo una lanza a su favor, porque a lo largo de los años mantienen una misma línea narrativa, lo cual da cierta coherencia de fondo. La incoherencia llega porque en 2021 el mensaje es radicalmente opuesto: es el mercado, amigos.

Moral

Angustia moral: cuando elegir entre dos opciones compromete tus valores

angustia emocional que es

Seguro que alguna vez has tenido a un ángel y a un demonio a cada lado de tu cabeza. Probablemente hayas tenido que enfrentarte entre el querer y el deber o, puede que te hayas sentido incómodo también al jugar al «¿qué preferirías…?».

Son muchas las circunstancias que nos llevan a tener que escoger decisiones que, no siempre, serían las que nos gustarían. Puede que incluso tanto la opción A, como la B o la C atenten contra nuestros valores y no se correspondan, en absoluto, con lo que escogeríamos en otro contexto. Pero como si nos apuntaran con una pistola en la cabeza: tenemos que elegir.

Y el sentimiento que surge a raíz de esta elección tiene nombre: angustia emocional. La angustia emocional define al sufrimiento que sentimos cuando no podemos actuar con integridad. Al menos no con la que nos gustaría. Así lo especificó Andrew Jameton cuando en 1984 designó al sufrimiento que transitaban las enfermeras cuando las instituciones o el sistema les impide actuar bajo sus principios morales y éticos, algo que, además, a día de hoy está más presente que nunca.

La angustia emocional por tanto define a los efectos perjudiciales nacidos a raíz de este enfrentamiento con las situaciones que moralmente producen malestar. Se trata pues, de sentirse mal ante una elección en la que no queda otra opción que escoger entre dos alternativas que jamás harías.

Padres que no saben si enviar a sus hijos a clases presenciales, personas que quieren pasar tiempo con sus familiares pero no pueden por salud, falta de seguridad en el hogar pero incapacidad económica para tenerla, enfermos en estado grave que quieren terminar con sus vidas pero a la familia le duele desconectar el respirador… Las situaciones en las que se presenta la angustia emocional son inmensas y enfrentarse a ella es algo que se puede aprender.

La solución radica en el autodominio, en ser conscientes de que la decisión que se ha tomado ha sido la correcta ya que la otra, también implicaría atentar contra tus valores. Profundizar en uno mismo, aceptar que no todas las situaciones están bajo nuestro control y analizar continuamente nuestros sentimientos y deseos ayudará a tu gestión emocional. Debes creer en ti, en la decisión que has tomado y, sobre todo, en dejarte ayudar por los demás. Puedes confiar en un experto que te dé las pautas a seguir para alcanzar la resiliencia moral y así, dejar aun lado esa angustia e impotencia que te provocan estas situaciones de indecisión.

Pandemia

Glosario/Pandemia: Cómo ha cambiado nuestro lenguaje desde que llegó el covid

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Cuenta la Biblia que cuando Dios creó a Adán, una de las primeras cosas que hizo el hombre fue poner nombre a cuanto le rodeaba. Esa necesidad de nombrar persigue al ser humano desde el comienzo de su existencia cada vez que tropieza con algo nuevo. Hay que ponerle nombre para que se obre el milagro y cobre vida. Porque lo que no se nombra no existe. O no existe del todo.

Cómo no iba a pasar ahora con una pandemia como la del covid, que ha puesto nuestra existencia patas arriba, que nos ha obligado a enfrentarnos a conceptos, situaciones y experiencias que jamás habíamos tenido o que, a modo de exorcismo para alejar los males, preferimos no nombrar.

Glosario/Pandemia es un proyecto impulsado por Tipi, una cooperativa multidisciplinar de Bilbao que trabaja de manera participativa usando nuevas ideas, metodologías y maneras de hacer buscando la transformación social.

glosario pandemia

El nombre ya nos da idea de lo que vamos a encontrar. Un glosario abierto y colectivo de palabras inventadas para poder llamar de alguna manera a todo esto que nos ha pasado durante el confinamiento, la pandemia y la cacareada nueva normalidad.

El detonante de la idea fue la última edición en 2020 de la Design Week de Bilbao. Su lema era «Rediseñar un mundo que cambia», pero desde Tipi pensaron que, antes de rediseñar, merecía la pena pararse y reflexionar sobre qué estaba cambiando en la vida de las personas y en las ciudades.

¿Cómo nombramos a la que ha sido nuestra familia no consanguínea durante este tiempo?, ¿a los nuevos movimientos o rituales que han sucedido en nuestro salón? ¿Y a los que no han podido suceder?, ¿a otros mundos que hemos imaginado?, ¿a querer volver a la normalidad pese a que la odiábamos?, ¿a poner en valor los tiempos lentos?

«Nos parecía interesante proponer un espacio desde el que ver dónde estamos antes de empezar a construir», explica Ane Abarrategui, una de las representantes del colectivo. «Un momento de antesala, o previo, en el que trabajar precisamente con una de las cuestiones principales que constituyen lo que entendemos como realidad: el lenguaje».

Así que propusieron este proyecto. «Como lo que no se nombra no existe, nos parecía importante hacer el ejercicio y el experimento de nombrar aquellas cuestiones que fracturan lo conocido o abren nuevas posibilidades. Quizás así podamos aprovechar y construir desde lo bueno, descartando todo aquello que no queremos que vuelva o corre el riesgo de quedarse».

Cualquier persona puede aportar su palabra y definición través de un cuestionario albergado en la web. «Nosotras los recibimos, los corregimos si hace falta, y los vamos subiendo». No hay filtros, ni siquiera el del idioma. «Vivimos en un contexto en el que la diversidad lingüística está presente en nuestro día a día. Vivimos en euskera y castellano, y los anglicismos son parte de nuestro lenguaje. En ese sentido, mostrar mediante el glosario dicha diversidad es también un reflejo de cómo utilizamos el lenguaje y de que la mezcla de idiomas es parte de nuestro día a día», comenta Abarrategui.

«Además, al tratarse de crear un glosario espontáneo, fresco y abierto en contenidos, consideramos imprescindible que dicha posición se refleje también en los idiomas que utilizamos. Traducir todos los términos a un único idioma sería uniformizar un lenguaje que es diverso, se mezcla y se relaciona constantemente».

Algunos términos hablan de los comienzos de la pandemia. Y el tiempo ha viajado a tal velocidad estos meses que muchos de ellos nos parecen ya obsoletos. Lavar la compra, por ejemplo, nos parece ya de otro siglo. «Sí, son reflejo de la multitud y velocidad de los cambios que estamos viviendo», corrobora Ane Arrabategui.

«Algunos son ya arqueología de la pandemia porque responden a cómo nos hemos ido adaptando a las medidas para controlar el virus, que también han ido cambiado. Otros, en cambio, parece que han estado aquí siempre. La pandemia está evidenciando desigualdades y problemáticas ya existentes en nuestra sociedad: precariedad, crisis de los cuidados, desigualdades de género, racismo, etc. En el glosario hay bastantes ejemplos de esto como dinero gratisinvernadero cosechero o coronablues».

Lo cierto es que todas ellas nos hablan de evolución, de cambio. De cómo éramos y de cómo somos. Y aunque las miembros del colectivo aún no han analizado en detalle todos esos términos, sí han observado que una gran cantidad de palabras recopiladas son nombres o adjetivos peyorativos, irónicos y burlescos. Empollonx del covid, mascarrilla, negocionista, balconazi, paseanta, pasotista

«¿Por qué? ¿Quizás nos resulta más fácil, cotidiano o natural crear palabras que nombran a otras? ¿O podría ser esto un síntoma de algo? ¿Estamos más enfrentadas que antes? ¿Nos estamos polarizando? No tenemos la respuesta, pero podemos decir que el experimento nos está dando bastante que pensar. Pero también hay razones para la esperanza».

En ese sentido, también aparecen palabras que muestran que, a pesar de todo, seguimos jugando y bailando, como lehioko jaiak (fiestas de ventana) o linter; muestras de relajamiento de costumbres a veces impuestas, como ropa confi o palacalleconlosrulos; lazos afectivos no consanguíneos que por fin toman el protagonismo que se merecen, como la famillia o quaranteams.

«Hasta la fecha hemos ido creando unas categorías para agrupar los términos por temas, que, de momento, nos hablan de alteración, calificativo, conducta, control, costumbre, evasión, grieta, humor, insulto, lugares, miedo, precariedad, relaciones, salud, tecnología…», aclara Ane Abarrategui.

Lo que Tipi intenta hacer con este proyecto es lograr que nos repensemos a partir de una posición crítica, experimentando con el arte y el lenguaje «desde la creación y la producción de sentido». Y esa es la idea que se esconde detrás de este Glosario/Pandemia, la de repensar para nombrar.

«Usar el lenguaje para nombrar la nueva normalidad, con la idea de que esto pueda servirnos de reflexión y herramienta para encontrar grietas, oportunidades de cambio… No se trata únicamente de un mapeo de nuevos términos. Muchas palabras que se recogen en el glosario se han creado para el propio glosario. Este ejercicio de crear palabras nos hace conscientes de lo que estamos viviendo, lo significa y le da importancia».

«»Las palabras tienen poder. Los nombres tienen poder. Las palabras son eventos, generan cosas, cambian cosas. Transforman tanto al hablante como al oyente; alimentan la energía de uno y otro y la amplifican. Alimentan el entendimiento de uno y otro y lo amplifican». Esta frase de Ursula K. Le Guin resume muy bien esa idea», concluye Ane Abarrategui.

La Soledad escogida

Vivir solo en pandemia o cómo la crisis del Coronavirus ha obligado a repensar el mito de la «soledad escogida» |

Vivir solo en pandemia o cómo la crisis del Coronavirus ha obligado a repensar el mito de la «soledad escogida»

Hace unas semanas se hizo viral un vídeo en el que un tipo risueño defendía con muchísima gracia en medio de la madrileña calle Preciados los beneficios de vivir solo. “Yo pago la hipoteca solo, pago la luz solo, pago el Netflix, el HBO y el Movistar solo… y me compensa, porque no tengo que aguantar a nadie. La ventaja es que si te dejas un yogur en la nevera siempre está”. Aunque el detalle de su argumentación más curioso era uno relacionado con un trapo de la cocina: “Por ejemplo, ahora he puesto una encimera blanca y yo puedo pasar un paño específico que he comprado para esa encimera tantas veces como me dé la gana. Si alguien me viera diría: ‘Este no está bueno’. Y, verdaderamente, posiblemente no esté bueno, pero lo hago yo porque me gusta y nadie me dice nada”.

El tipo risueño se llama Antonio Abeledo, tiene 37 años es representante de actores y al otro lado del teléfono confiesa, también entre risas, que el vídeo viral “es un poco farsa”. A pesar de esa encarnizada defensa de la soledad, no pasó la que fue una de las pruebas de fuego para las cinco millones de personas (400.000 de ellas en Madrid) que según la Encuesta Contínua de Hogares del INE viven solas en España: el confinamiento. “Un amigo empezó una obra en su casa y le dije que si quería viniese a la mía mientras terminaba; así no tenía que pagar hipoteca y alquiler a la vez. Se mudó conmigo en enero y de pronto nos pilló el estado de alarma. Vino para tres meses que se acabaron convirtiendo en nueve. Fue una experiencia maravillosa. Ya nos queríamos pero ahora somos familia”. Antes de eso había vivido siete años sin compañía. La primera opción vital de Abeledo, la de obsesionarse a gusto con el pañito para la encimera sin que se lo reprochase, representa eso que muchos estudios demográficos denominan “soledad elegida”: aquella que no debería suponer ningún conflicto interno para quien la vive, pues se trata de una opción personal consciente. En el lado contrario está la soledad no deseada, que supuestamente, afecta solo a las personas mayores o dependientes (casi la mitad de las personas que viven solas son mayores de 65 años) y contra las que las administraciones se han movilizado durante la pandemia. El Ayuntamiento de Madrid acaba de poner en marcha un programa vecinal e institucional para combatir la soledad después de los terribles sucesos que tuvieron lugar del 11 de marzo al 11 de mayo de 2020 en la ciudad: según datos de la Agencia EFE, los bomberos tuvieron que realizar 605 entradas forzadas en viviendas y se encontraron a 62 ancianos fallecidos. Pero, ¿afecta la soledad solo a los mayores? Si se analizan los datos más de cerca se comprueba que el segundo grupo más numeroso de personas que viven solas en la capital son las comprendidas entre los 40 y los 44 años. En un artículo de The Washington Post del pasado junio firmado por Noreena Hertz, autora de El siglo solitario: cómo restaurar las conexiones humanas en un mundo que nos separa, la escritora confirmaba que la idea de que la soledad solo afecta a los mayores es un mito refutado una y otra vez por las encuestas: los mileniales son el segmento poblacional que con más frecuencia se queja de su soledad (cita datos de la Oficina Nacional de Estadística británica y de YouGov).

En cualquier caso, el año pasado por estas fechas ocurrió algo insólito: los que habían “elegido” vivir solos se encontraron que ya no se trataba de una opción. En el caso de Miriam, 40 años, periodista, residente en Alicante fue un alivio: “Un amigo me dijo en un Zoom que mi vida solo había cambiado en que ya no tenía que inventar excusas para no quedar con nadie… Y todos estuvimos de acuerdo”. Pero a María, 37 años, fotógrafa, residente también en Madrid, adaptarse a la nueva realidad le resultó complicado: “Vivo en una casa muy pequeña pero cuando la ciudad estaba a pleno rendimiento ni me daba tiempo a pensarlo… la pandemia cambió mi forma de pensar”. Algo parecido le pasó a Berta, 38 años, residente en Barcelona. Ella, como agente inmobiliaria en una de las ciudades más turísticas del mundo, estaba acostumbrada a vivir en la calle, siempre moviéndose de aquí para allá por compromisos de trabajo. Sin poder ver a sus amigos y con su familia lejos, empezó a pensar en una solución para sentirse útil y acompañada: “Me hablaron de los hoteles salud y allí me fui como voluntaria. Trabajaba en los turnos de noche”. Puestos en marcha en colaboración con la Generalitat, los hoteles salud funcionaron como lazaretos donde se alojaba a enfermos leves que habían dado positivo pero no podía permanecer en sus casas porque convivían con enfermos de riesgo. “Me vino bien las primeras semanas. Hicimos bingo, feria de abril, actividades que nos mantenían ocupados. Estuve en contacto con muchos tipos de gente: enfermeras, médicos, asistentes sociales. Me daba un ritmo y una rutina”. El psicólogo y psicoterapeuta afincado en Madrid, Rafael García, quien durante las etapas más duras del confinamiento atendió a gente que se sentía desbordada por el sentimiento de soledad legitima todas estas experiencias: «En la vida prepandémica, para los que viven solos era relativamente fácil esquivar la sensación de soledad con vida social, trabajo, vida familiar, ocio. Todas esas salidas para no enfrentarse a la soledad se vieron bloqueadas por la nueva realidad. A pesar de las adaptaciones que los profesionales de la mente hemos intentado hacer a través de reuniones online para mitigar ese sentimiento, claramente ha seguido estando ahí».

Berta representa con sus circunstancias lo que el Informe España 2020 realizado conjuntamente por la Fundación Ramón Areces y la Universidad de Comillas denominan las tres soledades graves de esta pandemia: la de las personas que viven solas, la de los enfermos en hospitales y la de los profesionales de servicios esenciales y sanitarios que dejaron sus hogares para proteger de contagios a sus familias. Este informe que combina los resultados de dos encuestas realizadas por la Cátedra contra el Estigma y la Cátedra Amoris Laetitia, para ver la influencia de la pandemia en la salud mental de la población, concluye que antes de la crisis había un 5,2% de gente que sentía la soledad de modo grave. Ese porcentaje se ha elevado en la pandemia al 11%.

Asumir sin la compañía de nadie las noticias que llegaban del exterior fue especialmente duro para Almudena, 43 años, residente en Bilbao, quien pasó todo el confinamiento en un apartamento de 20 metros cuadrados con vistas a un patio interior. Todavía sueña con aquellas noches. Para Maribel, 48, empresaria madrileña, lo peor fue pensar en la posibilidad de que sus seres queridos enfermasen y no poder hacer nada; también la idea de enfermar ella misma. «Tenía un cargador de móvil siempre en la puerta porque me obsesionaba la posibilidad de no poder comunicarme».

Hay que tener en cuenta, además, que el sentimiento de soledad afecta de diferente forma en función de la situación económica y laboral quienes lo padecen. El Informe España demuestra que el 31,1% de los parados pasa solo totalmente o casi totalmente cada día laborable. Para ellos, una situación como que la vivimos es especialmente crítica. Es el caso de Almudena, que cuando empezó el confinamiento no tenía trabajo y vivió ese tiempo con una angustia mayúscula, ya que tenía que seguir pagando el alquiler de la diminuta casa donde se vio aislada. Este informe no matiza, además, que en esta nueva normalidad en la que los confinamientos selectivos por comunidades son la norma, la experiencia de vivir solo puede ser muy diferente si uno reside en Madrid, donde es posible ir a restaurantes y pasar horas al sol en terrazas, que si uno reside en alguna pequeña ciudad de provincias de Galicia, por ejemplo, donde la actividad comercial sigue paralizándose a las seis de la tarde. Maribel ha disfrutado especialmente de la posibilidad de hacer una vida «seminormal» en el Madrid oasis de Ayuso.

Al margen de la pandemia, la historia de la soledad como problema no es nueva. De hecho se remonta al segundo tercio del siglo XIX cuando la revolución industrial hace que las máquinas sociales sean cada vez más grandes. Aparecen las fábricas, las metrópolis y con ellas, las masas. A lo largo del siglo XX las ciudades, estructuradas para tener como protagonista al automóvil fueron laminando los espacios comunitarios y creando menores probabilidades de sociabilidad espontánea. Las sociedades se maquinizaron y masificaron hasta tal punto que aparece lo que se conoce como “soledad kafkiana”: el sujeto, convertido en insecto, se siente insignificante e impotente en un contexto en el que falta la solidaridad comunitaria y las administraciones son cada vez más grandes y complejas. Esto se agudiza en los años setenta con la llegada del neoliberalismo, que defiende que la riqueza de las sociedades nace de los beneficio que pueda generar cada individuo. Pero el siglo XXI trae un nuevo tipo de soledad: “Las redes permiten la máxima sociabilidad de la historia en número y distancia, a la vez que no garantizan la mínima comunidad. La globalización permite el establecimiento de la máxima conectividad a la vez que no garantiza la mínima corresponsabilidad. La movilidad maximiza el desplazamiento de ideas, bienes, personas y comunicaciones, a la vez que no puede impedir el desarraigo […] Cada vez es más posible la conexión interpersonal y amplios mundos de sociabilidad, pero cada vez es más posible también que alguien se encuentre radicalmente solo”, explican Fernando Vidal y Amaia Halty en el Informe España. En esta sociedad hipercomunicada y a la vez aislada, se ha producido además un envejecimiento paulatino de la población y una bajada espectacular de la natalidad, que ha favorecido la multiplicación de personas que “eligen” vivir solas: según el INE, durante los próximos 15 años se incrementarán en 1,1 millones los hogares unipersonales, mientras que la población española apenas sumará 900.000 habitantes más. Si en los años setenta la media de habitantes de un hogar era de cinco personas, ahora la opción individual tiende a convertirse en la norma.

El final de los confinamientos, lejos de ser un alivio, supuso para algunas de las entrevistadas para este reportaje un golpe más duro que el propio encierro. Miriam admite que “el día que se acabó me despertó cierta ansiedad el no saber dónde estaban exactamente todas las personas a las que quiero. No me había dado cuenta de que el confinamiento me había creado ese sentimiento de seguridad, que me permitía tenerlo todo bajo control”. Cuando Berta dejó de acudir a los hoteles salud sintió que estaba más sola, “y que a lo mejor hubiera tenido que aprovechar esos meses de lockdown para hacer pasteles, deporte en la azotea, meditación y mirarme hacia dentro porque al cabo de unos meses, cuando todo el mundo había hecho su introspección yo me aislaba más aún…”. María, la fotógrafa explica: “Desde hace meses tengo pensamientos rumiantes sobre qué hacer con mi vida en general todo el rato y me doy cuenta de que es porque paso mucho tiempo sola. En enero llevaba aproximadamente diez días sin ver a nadie y de pronto vino un amigo de otra ciudad para un trabajo. Le fui a buscar a la estación de Atocha a las ocho de la mañana y pasamos juntos todo el día. Al día siguiente ya no rumiaba… las once horas en compañía se pasaron volando”. ¿A qué se debe esta angustia? ¿No se supone que estas personas habían elegido su opción vital? El psicoterapeuta Rafael García explica: “Muchas personas a lo largo de su vida han elegido momentos de soledad para conectar consigo mismas para, desde esa reconexión, entenderse, acompañarse, decidir sobre alguna opción vital importante. Numerosos son los relatos de conexión con uno mismo en el Camino de Santiago, por ejemplo, donde las naturaleza nos acompaña en nuestra soledad elegida. Pues bien: nada de esto ocurrió en el confinamiento. No hay ni soledad elegida, ni búsqueda de conexión con uno mismo, ni naturaleza. En esa exposición mantenida a nosotros mismos, no elegida y no esquivable, podemos salir dañados si nuestro estar con nosotros mismos, nuestras emociones, pensamientos y sensaciones, no eran previamente sanos”.

La experiencia de pasar el confinamiento en soledad ha servido para que muchos hayan recalibrado su relación con la falta de compañía. Y aún así, como reconocen los expertos que han elaborado el Informe España, sigue siendo difícil averiguar la presencia de angustia generada por esta vivencia, dado que «soledad y aislamiento son fenómenos estigmatizados». No todo el mundo está dispuesto a admitir que no está bien solo. «Desafortunadamente estamos en una sociedad exigente y capitalista que nos dificulta la expresión de los sentimientos de frustración y nos hace reprimirlos tanto hacia afuera como hacia nosotros mismos. Sólo se expresa libremente aquello que esté relacionado con el éxito, como la alegría o el orgullo», dice García.

Algunos de los entrevistados para este reportaje, como Miriam, siguen haciendo el mismo balance que antes de que la crisis empezara: ella continúa encontrando un alivio en todas las coartadas que ofrece la pandemia para no tener ver gente. Otros, como Berta, buscaron un compañero de piso pero muy rápidamente se dieron cuenta que era mejor regresar a la soledad. Antonio Abeledo, sin embargo, disfrutó tanto de la experiencia de tener compañía durante esos momentos duros que ha vuelto a buscar alguien con quien compartir gastos. Con él sigue usando sin problemas el pañito atrapapolvos blanco con el que le gusta limpiar la encimera. «Es lo bueno de la convivencia. Que descubres que no estás tan loco. Todos estamos majarones y tenemos nuestras cositas».

Adolescentes

La salud mental de los adolescentes, en crisis por la pandemia: ¿Cómo evitar complicaciones futuras?

Mientras escribimos este artículo, solo en los hospitales de Madrid hay entre 30 y 45 adolescentes atendidos en las urgencias pediátricas, esperando ser ingresados en una Unidad de Hospitalización para adolescentes por problemas mentales. Las demandas de ingreso psiquiátrico para este grupo se han incrementado de forma exponencial tras la primera ola de la pandemia. Es cierto que no era previsible casi nada de lo que nos está pasando, pero también que hay muchos estudios que muestran las devastadoras consecuencias de la pandemia en los adolescentes. Esos resultados requieren una sosegada reflexión y adoptar una serie de medidas para no lastrar más el futuro de los jóvenes.

¿Qué repercusiones tiene la pandemia sobre la salud mental de los adolescentes?

La principal medida para evitar el contagio de la covid-19 en todo el mundo ha sido el aislamiento y el distanciamiento social. De ahí que, desde marzo de 2020, se cerrasen escuelas, institutos y centros deportivos en muchos países, que posteriormente se abrieron tras el verano. Estas circunstancias han afectado a toda la población, pero parece que son los niños y los adolescentes (junto a los ancianos), los más vulnerables. De ahí la importante prevalencia de síntomas psicológicos (estrés, ansiedad, tristeza, adicciones) y de trastornos mentales entre la juventud.

En comparación con los adultos, las consecuencias adversas de la pandemia en la salud mental de los adolescentes pueden ser más prolongadas e intensas. Su impacto depende de varios factores: edad, situación educativa, existencia de discapacidades, antecedentes de trastornos mentales, bajo nivel social, enfermedades de los padres –incluida la covid-19– y grado de estructuración familiar.

Las manifestaciones psicológicas más frecuentes en los adolescentes que están acudiendo a las urgencias son las tentativas de suicidio, los problemas de la conducta alimentaria y cuadros depresivos con predominio de irritabilidad e incapacidad para disfrutar de las cosas con las que antes disfrutaban.

Causas que subyacen a esta crisis en los adolescentes

Las principales causas de esta crisis se deben a que la familia, la escuela y los amigos han perdido el efecto tampón que facilitaba el manejo emocional de los jóvenes (ver figura).

La pérdida de las costumbres y rutinas familiares, la ausencia del entorno estructurado de la escuela, el aburrimiento, las dificultades para participar en actividades deportivas y para salir con los amigos se encuentran entre las causas relacionadas con los problemas psicológicos detectados.

Los prolongados meses de pandemia han generado, en muchos de ellos, gran incertidumbre sobre su futuro académico y laboral, y se han volcado en actividades compulsivas vinculadas a internet, con el consiguiente aislamiento de relaciones sociales positivas y una mayor exposición al acoso y al abuso.

La figura adjunta esquematiza estas asociaciones. Como puede observarse, diferentes factores han modificado las rutinas familiares, escolares y de ocio, haciéndolas más aburridas o suprimiéndolas, lo que se asocia a una gran incertidumbre del futuro.Relación entre factores familiares, escolares, de relación e individuales con los cambios conductuales y con los problemas psicológicos detectados en adolescentes.

Las estrategias desadaptativas más frecuentemente utilizadas son las centradas en el uso compulsivo de internet y redes sociales, en las conductas adictivas y el aislamiento. De prolongarse estos comportamientos, como lamentablemente está ocurriendo, se favorece el desarrollo de trastornos depresivos, tentativas de suicidio, trastornos de la conducta alimentaria y adicciones.

Recomendaciones para el presente y para el futuro

Los trabajos publicados nos deben hacer reflexionar a todos en torno a las siguientes recomendaciones.

  • Los padres somos el modelo de conducta que nuestros hijos aprenden. Por lo tanto, es en el hogar donde deben aprenderse las habilidades para afrontar las decepciones, las dificultades en el control emocional y para la resolución de problemas. La incertidumbre de los exámenes y el futuro laboral de los jóvenes deben encontrar propuestas alternativas en la familia, alejadas de la decepción.
  • Es conveniente que los padres incluyan a los adolescentes en la toma de decisiones y se debe hablar claramente de la pandemia, procurando evitar términos peyorativos hacia la juventud. Este puede ser un buen momento para delegar algunas responsabilidades (cocina, limpieza, compras) familiares en los jóvenes, de forma que se sientan responsables del mantenimiento de la familia.
  • Se debe evitar el uso excesivo de internet. En concreto, la búsqueda de noticias relacionadas con la pandemia, ya que es una fuente de ansiedad. El uso abusivo y compulsivo de las redes sociales es una conocida fuente de baja autoestima.
  • Las actividades creativas, como la música, la pintura, el baile y la escritura pueden servir para contrarrestar determinadas conductas de riesgo que suelen observarse cada fin de semana en nuestras ciudades.
  • Las relaciones con los amigos son fundamentales para los jóvenes. De ahí que se deba favorecer el mantenimiento de las relaciones de apoyo con sus amigos.
  • Desde las escuelas, los profesores deben incidir en las medidas de protección y de responsabilidad para evitar la transmisión del virus y estar atentos a determinadas conductas que pueden esconder problemas psicológicos. Se debe aumentar la interacción en las clases y facilitar información para manejar, también en los institutos, la ansiedad o el estrés. Los profesores pueden detectar problemas que en ocasiones pasan inadvertidos para los padres y facilitar la consulta a los profesionales de la salud mental.
  • Los pediatras y los médicos de familia están acostumbrados a reconocer las manifestaciones físicas de los problemas emocionales (dolores, autolesiones), por lo que se convierten en la puerta de entrada de diferentes malestares. Esto les capacita para poder informar y educar a los padres y para la derivación a los profesionales de la salud mental.
  • Los profesionales de la salud mental infanto-juvenil tienen un papel determinante en el manejo de esta crisis y deberían compaginar las intervenciones presenciales con las realizadas online. Se requiere de ellos un esfuerzo en la coordinación con familias, profesores y voluntariado que sirva de red de apoyo a los adolescentes. Los ingresos psiquiátricos deberían ser la última opción, ya que representa el fracaso del apoyo comunitario, y de ser necesario, se debe intentar disminuir el estrés y el estigma asociado a la hospitalización psiquiátrica. Los equipos de salud mental tienen una importante labor formativa de los pediatras, médicos de familia y profesores en la detección de los trastornos mentales de los jóvenes.
  • Los psicólogos clínicos deben diseñar y poner en práctica intervenciones conductuales de corta duración para el manejo de trastornos mentales frecuentes, como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, el abuso de sustancias o los problemas de juego, centrándose en técnicas psicoeducativas donde se incluyan a los padres.
  • Los psiquiatras deben ser más prudentes, si cabe, a la hora de elegir estrategias farmacológicas frente a las psicoterapéuticas. Es imprescindible que los profesionales de la salud mental organicen estudios longitudinales para evaluar las consecuencias de la pandemia.

Plan de Salud Mental

Finalmente, el Ministerio de Sanidad debería considerar la puesta en marcha de un Plan de Salud Mental que sirva para prevenir las consecuencias psiquiátricas de la pandemia en los jóvenes, aunque mucho nos tememos que nos pille con el paso cambiado. Esta vez no podremos decir que no sabíamos lo que iba a pasar, porque ya está pasando.

Mujeres

«Mi hobby es poder darme una ducha»: por qué las mujeres siguen llevando la carga mental familiar

«Mi hobby es poder darme una ducha»: por qué las mujeres siguen llevando la carga mental familiar

Hace tan sólo un par de semanas, mientras sacaba a la perra a media mañana, me encontré a dos hombres sentados en un banco y acunando cada uno el carrito de su bebé. Hablaban de falta de sueño y compartían sus opiniones respecto al destete debido a que una de sus mujeres se planteaba dejar el pecho al volver al trabajo.

Hasta el año 2007, los hombres sólo tenían dos días libres por el nacimiento de cada hijo. Desde ese momento y durante una década, este permiso se amplió hasta las dos semanas. Un año después, en 2018, subió a cinco y, en abril de 2019, pasó a durar un total de ocho semanas.

Con la llegada de 2020, los dos meses pasaron a convertirse en tres y, en enero de 2021, la baja de maternidad y paternidad se equiparó por primera vez en duración y se volvió intransferible. Es decir, ambos progenitores cuentan actualmente con 16 semanas de baja, siendo las primeras seis ininterrumpidas y el resto a repartir a lo largo del primer año de vida del bebé.

Me gusta pensar que, lejos de ser anecdótica, la imagen anterior es el reflejo de un cambio social que se ha ido fraguando conforme la paternidad ha dejado de ser un simple permiso de dos días, para integrarse como una obligación más de los hombres. Pero ¿hasta qué punto el reparto de cuidados continúa cuando termina la baja por paternidad?

En 2021, parece que ya damos por sentado que las tareas del hogar se reparten de forma equitativa y que aquella imagen de la mujer que cuida y hace malabarismos por compatibilizar crianza y trabajo pertenece al pasado, pero nada más lejos de la realidad. A raíz de ver a estos dos hombres aparentemente implicados en la crianza de sus hijos, no pude evitar preguntarme qué estarían haciendo ellas mientras tanto, lo que me llevó a querer indagar un poco más y hablar con distintas mujeres sobre la carga mental, el reparto de los cuidados y el tiempo que dedican a su ocio personal los fines de semana.

“¿Tengo tiempo para mí? Pues no lo sé. Depende de lo que entendamos por ‘tiempo para mí. Cuando mi hijo duerme la siesta los fines de semana intento hacer mis hobbies, pero hay veces que estoy tan reventada de la semana que lo único que quiero es tirarme en el sofá. Y una vez que se despierta es casi imposible hacer nada. Primero, porque mi hijo me reclama mucho más a mí que a su padre y, segundo, porque cuando le pido que lo entretenga un rato casi siempre tengo que escuchar un ‘espera que acabo de pintar esta miniatura y me pongo ahora con él’. Y, casualmente, cuando termina ya es la hora de cenar, etc. Cuando a veces le pido explícitamente un rato para mis cosas, me dice que me organice mejor el tiempo, que si prefiero ver la tele en vez de hacer otras cosas mientras el niño duerme, que es mi problema”, explica Nerea, una madre de 33 años que afronta la crianza de su hijo de dos años sola entresemana porque su pareja trabaja fuera.

En el correo electrónico que me envía Nerea para responder a las preguntas de este artículo, me pide disculpas porque siente que me ha soltado un rollazo enorme, pero reconoce que poner en palabras toda esta situación le ha servido como desahogo.

“Durante el fin de semana él no hace más que buscar el hueco para dedicarse a su hobby. Mi hobby es poder darme una ducha. Tener tiempo para mí significa dejarlo todo preparado y adelantado para poder hacerlo. No puedo simplemente desconectar de todo y confiar en que él se ocupará”, señala Rocío de 39 años y madre de un niño de ocho meses.

Por su parte, Ana Rosa, madre de dos niños de 1 y 5 años respectivamente, reconoce haberse plantado hace tan sólo un mes. Cuando le diagnosticaron un problema de salud, decidió echar el freno y hacerle ver a su pareja que o arrimaba el hombro o ella iba a terminar por explotar.

“Me he apuntado a yoga y danza del vientre para obligarme a irme de casa durante dos tardes a la semana. Hace poco más de un mes me diagnosticaron una psoriasis que me estaba comiendo entera, lo que me ha hecho ver que necesito bajar los niveles de estrés. También me he propuesto quedar con mis amigas por lo menos una tarde cada quince días”, resalta, pero matiza que conseguir tiempo para su ocio personal le ha costado los cinco años que tiene su hijo mayor. “Mi pareja siempre ha tenido tiempo para él. Durante el primer año de nuestro primer hijo, se preparó varias carreras y nunca dejó de jugar al pádel o quedar con sus amigos. Aunque es cierto que desde la pandemia pasa mucho más tiempo en casa, estos años atrás siempre pudo disfrutar de tiempo para sí mismo, algo que yo no puedo decir”, añade.

“Para que yo pueda descansar, él tiene que coger el testigo”

Según la última encuesta de Condiciones de Vida realizada por el INE en el año 2016, las mujeres invierten 38 horas semanales en el cuidado y la educación de los hijos, mientras que los hombres dedican 23 horas. En lo que respecta a cocinar o realizar tareas domésticas, ellas invierten una media de 20 horas a la semana y los hombres 11.

A pesar de que hay estadísticas que evidencian la brecha de género que existe en casi todos los ámbitos de la sociedad, desde los cuidados hasta la vida profesional, en estas no vemos explícitamente el impacto que tiene la carga mental en la vida de las mujeres. La baja de paternidad de cuatro meses no nace solamente para que los hombres pongan más pañales, sino con la idea de que se hagan responsables de todos los ámbitos de la crianza desde el inicio.

“La carga mental en mi casa lleva mi nombre. Desde lo más básico a lo más importante. Tengo que estar siempre pendiente de si hay que llevar cosas a la escuela infantil, si le toca médico al niño, si hay que comprarle tal o cual. Y aunque he tratado de hacérselo ver, creo que no acaba de entenderlo. Piensa que se limita a hacer cosas puntuales. Un día vió que quedaban pocos pañales, fue a comprar un paquete, vino y me dijo ‘¿ves como no toda la carga mental es tuya?, ¿a qué no te habías dado cuenta de que casi no quedaban, eh?’ Me quedé helada”, apunta con sorna Nerea.

“No es que lleve más carga mental es que la llevo toda. Lo noto porque no sabe ni dónde está el maldito papel higiénico o porque si va solo a comprar tengo que hacerle un mapa del super y la lista de la compra ordenada por pasillos. Por no saber, no sabe ni las citas del médico que tienen sus hijos”, confiesa Ana Rosa.

Para Rocío el problema de la carga mental que sufren las mujeres reside en una cuestión de privilegios, unos privilegios a los que muchos hombres no están dispuestos a renunciar en pro de su comodidad. “Por desgracia creo que nos preparan (porque me niego a decir que eso sea educar) para ver la mancha, ver lo que falta en la nevera y detectar la necesidad de cuidado. Y lo peor es que se nos prepara para que sintamos que es responsabilidad nuestra resolverlo porque, cuando consigues que la otra parte “reaccione”, rápidamente tu mente te juega malas pasadas para que te sientas culpable por no haberlo hecho tú”, reflexiona.

Y aunque desde el punto de vista racional Rocío es perfectamente consciente de que ella tiene tanto derecho como su pareja a desconectar, reconoce que este reparto desigual nace de identificar de forma diferente la idea de merecer el descanso: “A ellos les han enseñado que se merecen descansar, que es un derecho y algo necesario. Saben que lo merecen y piensan que tú también. Por eso me hace gracia cuando dicen: ‘pues descansa, si nadie te lo impide’, como si fueras tú la que no quieres. Y no se dan cuenta de que para que tú puedas desconectar ellos tienen que recoger ese testigo, ser corresponsables y activos de verdad. No vale que sigas siendo tú la que les digas donde está la mancha, la nevera vacía o, en general, la necesidad. Y son perfectamente capaces de hacerlo porque sí saben apreciar cuando toca lavar el coche”, añade.

Nerea, Rocío y Ana Rosa me han pedido mantener su identidad en el anonimato y utilizar nombres ficticios para contar sus respectivas historias en torno al reparto de tareas y la crianza. Nerea y Rocío discuten con frecuencia con la intención de hacer ver a sus parejas en qué situación se encuentran y por qué para ellas es tan importante que cambien su rol en la familia. Ana Rosa por su parte, me dice que se agarra fuerte a la idea de que sus dos hijos varones se impliquen en los cuidados en un futuro: “Estoy depositando todas mis ganas en criar a dos personas autónomas, activas, y empáticas”, concluye.

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